Capítulo I: Reclamo

La lluvia arreciaba y la noche era el cobijo de aquella villa. A lo lejos repicaban las campanas que marcaban con pesar las horas, como pizzicatos… En casa se escuchaba una dulce melodía a piano. Ahí yacía una niña pequeña junto a su padre, quien la observaba mientras los relámpagos marcaban el tempo de aquella pieza lenta.

—Debemos parar, es suficiente por hoy —dijo el padre.
—¡Hoy avancé más que ayer! —contestó entusiasmada la niña.
—Así es, hoy has avanzado bastante y te felicito, pero… ahora debes ir a prepararte para dormir —dijo mientras le acariciaba la cabeza.

La niña, sonriendo, respondió:
—Papi, ¿puedo comer una galleta?
—Hmm… Te daré tres galletas por tu esfuerzo de hoy —contestó él, dándole un abrazo.
—¡Gracias! —respondió alegre mientras se levantaba del asiento y salía corriendo.

Así pues, la pequeña Natalia se marchó del salón cuando la tormenta arreciaba y el viento golpeaba con aún más fuerza los ventanales.

—Vaya, ya es bastante recurrente que llueva con tal agresividad, pero hoy parece que ha empeorado el tiempo —se dijo el hombre, pensativo.

En la lejanía, y aun con el bullicio de la lluvia, se alcanzaban a escuchar gritos, carcajadas y un canto al cual solo se le podía entender la melodía. Era agresivo, ya que parecían dos voces: una dulce y delicada, casi cristalina, y la otra como si se estuviera partiendo la tierra, una voz gutural que provocaba náuseas.

Todo aquello era muy extraño, ya que la casa del hombre yacía a las afueras de aquel poblado, a nada del bosque de ese viejo páramo. El viento golpeaba con tal brutalidad que los ventanales comenzaban a vibrar como si quisieran ser arrancados de sus bisagras, pero ahora aquellas voces y cantos no se escuchaban a lo lejos, sino en su cabeza, como si algo en su interior le exigiera algo con severidad.

Los gritos dejaron al hombre helado, ya que empezaba a entenderse en ellos:

—¡Llegó la hora!

Y en la mirada… una vieja deuda se asomaba.

Ciertamente, aquella era “una noche diferente”, y el ambiente lo enfatizaba. El hombre, que seguía sentado frente al piano, sintió cómo algo se apoderaba de su voluntad y, moviendo una de sus manos hacia el deteriorado teclado, tocó un tritono, al cual respondieron varias voces al unísono.

—¿Así que no me recuerdas? Después de tanto tiempo esperaba que me tuvieras un lugarcito en tu memoria. Me partes el corazón…

Sus palabras eran sarcásticas; aun así, la incomodidad podía notarse.

El hombre estaba en blanco, y su expresión empeoró al observar que los ventanales por fin cedían, abriéndose en par, dejando entrar el fiero, frío y húmedo viento, volando hojas de árboles y de pentagramas, que quedaron regadas por toda la habitación.

Una sombra… sí, una sombra se asomaba y era visible aun en aquella oscuridad. Era una mujer, con un aspecto cansado, tan fantasmal que levitaba, pero con una nitidez que la hacía parecer físicamente presente. Sus vestidos y su larga cabellera, ondeando al paso del viento, sugerían ser la causa de aquellas anomalías.

—Bien, ¿qué pasó después? —dijo la psicóloga mientras hacía anotaciones en su cuadernillo.
—En realidad, en ese momento volvió a perderlo todo —contesté.
—¿Podrías explicarte mejor?
—Bueno, hace tiempo de esto que cuento. Verdaderamente no había encontrado… ¿cómo llamarlo? ¿Valor? Para dar mi versión de lo que sucedió.

Había duda en mis palabras.

—De acuerdo. Esa mujer, ¿quién era y qué esperaba obtener?
—Parece que fue su pasado, uno que no recordaba. Supongo que lo olvidó o no quiso darle mayor relevancia. Y vino… vino por lo único que le quedaba. “Ella”, su pequeña…

Acercándose al hombre de manera lenta, elegante, casi discreta, con un toque seductor y con tal confianza como si lo conociera desde hacía mucho tiempo —y me estaría quedando corto—, quedó tan cerca de él que tuvo oportunidad de susurrarle al oído. No se presentó; solo dijo:

—Hola, ¿cuánto tiempo sin verte?

Con una sonrisa y un tono burlón.

—¿Qué? —contestó consternado—. ¿Quién eres y qué quieres de mí?
—¿De ti? No… nada. De ti ya tuve suficiente. Es más, creo que terminé cansada y aburrida de ti.

El hombre, con aún más dudas, se quedó callado mientras un sudor frío recorría su cuerpo, envuelto en pánico.

—Pareces helado y ligero… ¿no habré dicho algo inapropiado, verdad?

El hombre aún no tenía la más remota idea de lo que estaba pasando. Era algo más allá de lo que cualquiera podría soportar, y gritó, con los testículos al cuello y la voz quebrada:

—¡¿Qué diablos quieres?!
—Vaya, ahora sí que te reconozco —contestó la mujer, y continuó—. Pues verás, he venido por aquello que me pertenece, por aquello que me prometiste a cambio de tu vida… riquezas y libertad.
—No sé de qué me estás hablando —contestó, ya con una voz poco calmada.
—Claro que no… pero eso, créeme, no es lo importante.

La mujer se colocó detrás de él y aspiró profundamente sobre su nuca.

Un grito lleno de miedo interrumpió el acto.

—¡Papi!

Natalia había vuelto al salón después de escuchar el desorden que se había desatado a causa del viento. La niña tenía los ojos grandes, color avellana, llenos de llanto a punto de salir de sus cuencas; los brazos cubrían su pecho mientras sostenía sus galletas, ahora hechas trizas.

—Pero si aquí estás —dijo la mujer, mirando afiladamente a los ojos de la niña.

El hombre corrió en dirección a ella, pero la mujer no le dio oportunidad siquiera de acercarse lo suficiente, pues lo arrojó lejos, sacándolo de su camino.

—¿Qué sucede, pequeña? ¿Acaso viste un fantasma?

La niña lloraba y no paraba de gritar.

—Veamos… Así que ese, hmm… “espectro”, tenía por objetivo llevarse a la hija del hombre por algún tipo de acuerdo o “pacto”. Pero… ¿por qué el hombre ofrecería a su hija? —preguntó la psicóloga de manera atenta.
—Dudo mucho que el hombre se decidiera a entregar a su propia hija —contesté, y seguí—. Además, es pronto para sacar conclusiones, ¿no cree, Doc.? Hmm… ¿puedo llamarla así?
—Claro, no me molesta.
—De acuerdo, Doc.
—Solo una cosa —dijo con seriedad.
—Sí, ¿qué pasa? —respondí, confundido.
—Nuestra sesión concluyó hace unos minutos, así que es todo por hoy. ¿Crees poder recordar tu historia para continuarla en la siguiente ocasión? —indicó mientras anotaba con prisa.
—Por supuesto, cuente con ello.

Al decirlo, me puse de pie, me despedí como siempre, con un tono demasiado frío y formal, tomé mis cosas y salí por la puerta.

—Oye, papi.
—¿Sí?
—¿Qué pasó después?

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