Aquel viejo salón oscuro, sombrío y tan amplio… “Enorme”.
Que ni la luz “del gran candil” que colgaba del techo era suficiente para cambiar el triste ambiente.
En él puede escucharse el eco del llameante fuego, el de mis pasos y el de mis latidos.
Al fondo, una amplia chimenea siempre encendida; solo eso hace… que mis noches de sesión sean más cálidas y amenas.
Cuando entro y estoy solo, para esperar suelo colocarme frente a una deteriorada pintura.
En ella, un bosque verde y vibrante, un río que no interrumpe su cauce, algunas avecillas y animales varios.
Casi puedo respirar ese aire fresco… Siempre encuentro un detalle nuevo cada día; después de todo…
¿Qué mejor sitio para esconder un árbol sino un bosque?
—Buenas noches— escuché mientras se abría la puerta de la habitación, y sin apartar la mirada de la pieza respondí:
—Buenas noches. Hoy… hoy se ve muy bien, Doc.—
No me hacía falta mirarla para saber lo elegante y pulcra que seguro estaba… ya que siempre ha sido así, desde el comienzo. Una dama en toda la extensión de la palabra, una mujer seria y centrada. Una profesional sin duda.
—¿Tenía tiempo esperando?— preguntó.
—No, descuide. Acabo de llegar.—
—Tome asiento, por favor.—
—Claro, estoy en ello.—
En cada sesión, la psicóloga me pedía que tomara el asiento que quedaba frente a la chimenea: una silla amplia y acolchada; al frente de esta, una mesa de centro y un amplio y fino sofá enseguida. En este es donde ella suele reposar mientras escucha mis disparates…
—¿Qué tal tu semana?— me preguntó con una mirada fija y de manera seria.
—Bastante bien, a decir verdad, Doc. De hecho, tuve oportunidad de salir de viaje un par de días. Eso… eso fue reconfortante.—
—¿Así que te fuiste de vacaciones?— bajó la mirada y comenzó a ordenar sus cosas.
—No, yo no diría eso. Simplemente se dio la oportunidad y la aproveché. Es todo.—
—Bien, me alegra saber que este viaje sirvió para que descanses.—
—Sí, le agradezco, Doc.—
—Y bien, ¿has podido dormir?—
—¿Acaso se nota tanto?— respondí a su pregunta, sarcástico, pero ella solo levantó la mirada hacia mí y, de manera muy severa, dijo:
—Sí, estás igual de demacrado. Incluso podría decir que más. Recuerda que si te mueres me abstengo de tu abono mensual, y no queremos eso, ¿cierto?—
Sí, su sentido del humor era… “algo especial”.
—Hmm… ¿Seguirás contándome tu historia?— cambió abruptamente de tono.
—Sí. Solo debo recordar en dónde me quedé…—
—Estabas contándome sobre cómo se llevaban a la niña. ¿Cómo le llamaste? ¿Natalia?—
—Sí, ya recuerdo…—
El padre se encontraba levantándose del suelo, allá en lo más alejado de la habitación. La pequeña Natalia no cabía en sí a causa del terror, y la mujer seguía acercándose lentamente hacia ella. La lluvia bajó su intensidad y el viento dentro del lugar se iba desvaneciendo conforme avanzaba aquella mujer, hasta llegar el momento en que todo era silencio. El hombre corrió para intentar evitar el encuentro de estas y, colocándose frente a Natalia, trataba de hacerla reaccionar, pero la niña no era más que una estatua de carne. El padre volvió a preguntar:
—¿Quién eres y qué quieres aquí?—
—Ah… qué hermoso clima… Trabajadores asalariados se dirigen a casa bajo la lluvia torrencial, con capuchas y viejas gabardinas rasgadas para protegerse. Las calles a reventar en plena hora pico, donde no se puede ni respirar. La vida del hombre común debe ser muy difícil. Y estoy aquí para aligerar esa carga, para hacer de “su vida” más fácil… Deberías estar agradecido— dijo de manera engreída y prepotente.
—¿Agradecido? Así que… ¿de esto se trata? ¿Solo te la llevarás porque es tu voluntad? ¿Solo así?—
—Ustedes, los músicos, son demasiado dramáticos… No, querido. Este es el resultado de un “pacto”. Estoy aquí. Vine por lo que es mío. Así que apártate y evita hacerte daño—. Pero el hombre no se apartó y la mujer, sin esfuerzo, lo hizo flotar poco a poco mientras decía:
“En nombre de Satán, Belcebú
y la princesa del infierno, Lilith,
hoy el pacto será sellado.
Vengo por tus dones,
atraída por tu avaricia y egos,
alimentada por aquella sangre derramada,
salvando la vida de la inocencia.
¡Hoy me entregarás lo que amas!”
Y, dejándolo suspendido en el aire y apartándolo hacia un lado, colocó entonces la mano sobre la cabeza de la niña, haciéndola dormir de repente.
—¡Imposible!— exclamó el padre, dejando caer una lágrima. Entonces la mujer levantó la otra mano y chasqueó los dedos.
—Un momento— interrumpió la psicóloga.
—Sí, ¿qué pasa?—
—La mujer… ¿era una bruja?—
—Bueno, yo no lo sé. Bueno… todo aquello fue bastante inusual, pero no sabría decir si eso era magia.—
—¿No me lo dirás aún?— preguntó algo molesta.
—¿Puedo continuar?— quise cambiar de tema.
—Adelante…— contestó resignada.
Sebastián se despertó, pero no había desorden en el salón, y en un arranque de adrenalina salió corriendo a buscar a Natalia por toda la casa, pues creía haber tenido una pesadilla horrible, pero… no estaba… ella no se encontraba ahí. Todo aquello que abrumaba su mente realmente había pasado.
—¿Se encuentra bien, señor? Cuando llegué había mucho desorden.—
—¿Qué?—
—Que si se encuentra bien, señor. Está muy pálido y…—
—¡No está! Natalia no está…— interrumpió angustiado.
Con él se encontraba una joven, Aisha, quien es una chica de familia humilde que se convirtió en alumna de Sebastián. A cambio de tomar clases, ella se ofreció como ayuda para mantener la casa en orden, una especie de criada. Después de explicar la situación a la joven, Sebastián decidió viajar hacia el pueblo para pedir ayuda a las autoridades e intentar terminar con este desaire lo más pronto posible.
Al llegar al departamento de la guardia, se vio obstaculizado por una gran multitud que gritaba y exigía justicia.
Natalia no había sido la única en ser secuestrada…
